La motocicleta del mulá Omar

Dos vehículos han simbolizado en la última década el sinsentido de las políticas occidentales en Oriente Medio. Uno ha sido el humvee, ese todoterreno del ejército estadounidense que logró transformar la invasión de Iraq en una campaña publicitaria para disparar sus ventas entre ejecutivos y profesionales con espíritu aventurero. El otro, la destartalada motocicleta con la que el mulá Mohamed Omar lograba escapar por las encrespadas montañas de Baghram del acoso de los chicos del Tío Sam. Diez años después, como en la vieja fábula de la liebre y la tortuga, la moto del líder talibán ha vuelto a demostrar que la paciencia y la perseverancia son más eficaces que la exhibicionista velocidad del humvee.

Por lo pronto, el dirigente religioso, por cuya cabeza la Casa Blanca llegó a ofrecer hasta 10 millones de dólares, se prepara para regresar a la escena política  como interlocutor, más o menos visible, en las negociaciones con que Barak Obama confía desbloquear el callejón sin salida de esta sangría. Decenas de miles de muertos, las corruptas prácticas del aliado gobierno de Hamid Karzai, el riesgo de desintegración de Pakistán o la imposibilidad de ganar la guerra son algunos de los argumentos de peso que han llevado a los norteamericanos a considerar que la única alternativa para Afganistán  pasa por un acuerdo con los mismos que antes eran presentados con la causa de todo mal: los talibanes.

Ignoro si el mulá Omar se dirige ya en su motocicleta hacia las desiertas tierras de Qatar donde su organización acaba de abrir su oficina internacional para agilizar estos contactos. Igual que ignoro también cómo estará asimilando el gobierno español el proceso abierto en Afganistán. No sé si el ex ministro Federico Trillo o la renovadora socialista Carmen Chacón, considerarán ahora inútil la muerte de los cerca de 100 militares españoles –incluidas las víctimas del Yak-42- en esta guerra que nadie quiere nombrar como tal. Tampoco sé si alguno de los generadores de opinión se habrá acordado estos días de los 10.000 civiles fallecidos desde que la OTAN invadió el castigado país.

Del mismo modo, no parece que vaya a ser fácil para Mariano Rajoy apoyar a sus aliados en las negociaciones afganas, mientras en su propia casa se enroca en el inmovilismo para no avanzar en el proceso de paz vasco. A no ser, claro, que por coherencia el presidente opte por respaldar en Asia las tesis del aspirante republicano al trono de Washington, Mitt Romney, partidario de proseguir cazando talibanes como si fueran indios de una película de Ronald Reagan. No lo creo. Al fin y al cabo, algunos consideran que la real politic no es otra cosa que el arte de saber decir digo donde dije Diego. O considerar hoy como solución lo que ayer se presentaba como problema.

Al fin y al cabo los talibanes no son los únicos que están regresado metamorfoseados en estos últimos meses. Ahí están también las grandes agencias de calificación, la Standard & Poor’s, la Fitch o Moody’s. Los talibanes del neoliberalismo financiero que hace tres años recomendaban invertir en Lehman Brothers o en hipotecas subprime hasta que sus consejos hicieron que todo estallara por los aires. Las mismas que hoy, con la misma seguridad de entonces, regresan para imponernos el burka de los drásticos recortes sociales, educativos y sanitarios, como supuesta única solución a todos nuestros males. Y lo peor es que ellas no regresan en motocicleta. Ellas viajan en apisonadora.

Manuel Fraga y los personajes en busca de un actor

Algunos personajes tienen la extraña capacidad de anular la personalidad de los actores que los encarnan. Los desconcertados intérpretes nada pueden hacer para evitarlo; sin resistencia posible son vampirizados, fagocitados de tal forma que solo pueden asumir con resignación su condición de peleles en manos de unas criaturas de ficción que les conducen irremediablemente hacia la locura y la muerte.
El cine ha reflexionado en más de una ocasión sobre este peculiar fenómeno que amenaza a sus estrellas. Robert Aldrich dirigió uno de los filmes que abordan el tema con más maestría, donde, además, logró registrar uno de los duelos interpretativos entre Betty Davis y Joan Crawford más intensos de la historia del cine. En ¿Qué fue de Baby Jane?, los envejecidos y arrugados ojos de la Davis dan vida a una anciana decadente y trastornada, incapaz de liberarse de la caprichosa y repelente niña prodigio que en otro tiempo interpretó sobre los escenarios y que ahora le arrebata el alma.
Pero, sin duda, es fuera del celuloide, en la vida real, donde el canibalismo de estos personajes se presenta con mayor crueldad a la hora de fulminar la fuerza de voluntad de sus intérpretes. Uno de los casos más emblemáticos fue el de Béla Lugosi que olvidado por todos, pese a los esfuerzos de Ed Wood por utilizarlo como reclamo para sus pésimas películas, murió convencido de ser el mismísimo conde Drácula. Ataviado con capa negra, el húngaro Béla Ferenc Dezsö Blaskó, como en realidad se llamaba, acabó durmiendo en ataúdes y se convirtió así en la última víctima de la atracción hipnótica que era capaz de provocar su personaje del vampiro de Transilvania.
Muy lejos de estas escenografías góticas de opereta, en las selvas en blanco y negro de un África de cartón piedra, hallamos otras manifestaciones no menos dramáticas de este tipo de posesiones, tan resistentes que ningún exorcismo logra liberar. El atlético Johnny Weismüller nada pudo con su fortaleza física para impedir que Tarzán acabara adueñándose de él, adentrándose de liana en liana por las profundidades más recónditas de su mente hasta arrancarle el último alarido de la locura. Y así, el Tarzán verdadero como lo conocieron varias generaciones de cinéfilos, terminó sus días convencido de ser el auténtico Hombre Mono, frágil y perdido por las calles de un Nueva York inhumano que le expulsaba al olvido.
Incluso ni un ser tan inocente y ajeno, en principio, a los delirios de la fama como un chimpancé pudo evitar caer en las garras absorbentes de su personaje. A finales del pasado mes diciembre, todos los medios de comunicación se hacían eco de la noticia del fallecimiento de Jiggs como consecuencia de una insuficiencia renal. Hacía 80 años que había nacido en una selva de Liberia y pese a su cómoda existencia en una lujosa residencia para primates de Florida, en todo este tiempo este macho de chimpancé no logró desprenderse del travestismo que le impuso el gran papel de su vida, la leal y juguetona mona Chita.
En cualquier caso, también hay que admitir que en ocasiones son algunos actores los que prefieren escudarse en los perfiles de sus personajes para tratar de eludir la responsabilidad de sus propios actos. Es lo que ocurría con Manuel Fraga Irribarne, uno de los últimos dinosaurios de las tablas que ha dejado los escenarios políticos españoles tras 60 años de representación. Como un polifacético comediante, el veterano político demostró una camaleónica capacidad interpretativa a lo largo de su vida: franquista, tecnócrata autoritario, líder de la derechona, demócrata reconvertido, padre de la Constitución, incluso gallego. Durante sus últimas semanas se proyectaba como anciano venerable, frágil y enfermo. Su pasado junto al dictador, sus responsabilidades en las cárceles y cementerios de Franco, se reducían así a un mero ejercicio del método Stanislavski, un papel más de los muchos que un actor tiene que encarnar a lo largo de su carrera.
Lo hacía justo cuando la jueza argentina María Servini se había propuesto la tarea de dilucidar dónde empezaban las responsabilidades del actor Fraga y dónde las de sus personajes en esta larga tragedia española que comenzó un 18 de julio de 1936 y acabó con la caída del polvoriento telón de una transición que todo lo cubre. Tal vez, la predisposición al psicoanálisis de los argentinos hubiera permitido a la jurista lograr sus objetivos. Los españoles, poco dados a la introspección, no lo hemos conseguido. Siempre nos aconsejaron la necesidad de convivir con la esquizofrenia amnésica de nuestros personajes del pasado. Hasta que la muerte nos separe.

Las tijeras

tijeras

Las tijeras van camino de convertirse en una seña de identidad valenciana tan arraigada como el murciélago de la senyera, las fallas, la paella, el all i pebre, la mascletà o la corrupción. No podía ser de otra forma después de que los habitantes de estas eternas tierras perplejas, lleven tanto tiempo habituados a la presencia entre ellos de esta herramienta fría y cortante. Porque su introducción no es nueva, su llegada al imaginario comenzó hace ya mucho tiempo de forma subrepticia desde unas extrañas antenas situadas en Burjassot.
Porque el primer artilugio recortador que sorprendió gratamente a los valencianos fue ese que durante siglos ha venido simbolizando el afán del poder por salvar a sus súbditos de las males influencias. Fueron esas tijeras censoras convertidas en reinas y señoras de Radio Televisión Valenciana las que marcaron el camino que luego otras se encargarían de seguir. Y lo hicieron con una elegancia difícil de superar, evitando siempre el torpe recurso del tajo mutilador, tan vulgar, tosco y evidente. En su lugar, recurrieron al arte de la omisión, esto es: evitar siempre que las cámaras y micrófonos recogieran alguna menudencia no prevista en el guión. En suma, instaurando ese recurso tan sutil que consiste en omitir cualquier cosa que pudiera afear  ese gran ninot con diseño de Santiago Calatrava, en que se pretendía convertir el ex País Valencià. 
Luego llegaron otras tijeras no menos maestras. Fueron, claro esta, las de José Tomás y tantos otros virtuosos del dedal y la puntada que dejaron constancia de su artesana destreza en las trastiendas de Milano o Forever Young. Cortes delicados, suaves, siguiendo milimétricamente las azuladas líneas dejadas por el jaboncillo de marcar en su curvo discurrir por la sisa. Auténticas piezas de arte que solo unas miradas expertas como las de Francisco Camps o Ricardo Costa podían apreciar en toda su belleza. Un deleite que no se podían contener en compartir. Porque detrás de la generosa mano de Francisco Correa o el “amiguito del alma” Álvaro Pérez, no había mayor interés que colaborar con el ex Molt Honrable para educar a los valencianos, hasta hacer de ellos sensibles observadores capaces de valorar y disfrutar con los frutos del delicado oficio de la costura.
Sin embargo, ha sido ahora con la subida de Alberto Fabra a este trono de las vanidades autonómicas, cuando los habitantes de esta millor terreta del mon han sido capaces de apreciar las maravillas que esta modesta herramienta es capaz de generar cuando es diestra la mano que la guía. Porque el nuevo presidente del  Consell se ha impuesto con una determinación casi religiosa el trabajo de aplicar las tijeras sobre nuestras miserias más arraigadas. Se engañan quienes piensen que detrás de los recortes aprobados se esconden las presiones del Deutsche Bank por cobrar sus usureros intereses. No. Los firmes cortes lanzados por Fabra solo buscan devolvernos a la buena senda de la modestia, una virtud que inevitablemente pasa por la renuncia al bienestar mundano. Y  a los malos pensamientos, como esos que llevan a algunos a pedir que los ricos paguen, envidiosos de su éxito.
En definitiva, el  Consell se ha propuesto la difícil misión de convencer a los habitantes de este ex País de que su reino no es de este mundo. Por lo pronto, tras tantas décadas de tijeras, los nuevos tijeretazos parecen haber encontrado a una población resignada a su condición de cordero, capaz de ofrecer mansamente el lomo para la esquila de la poca lana que les queda. Es cierto que en el rebaño siempre quedan algunas ovejas negras. Pero no importa. Esas, por el momento, están muy bien vigiladas por los lobos.

El “déjà vu”, la guerra y Ecclestone

Hace tiempo que la llegada de un año nuevo superó los límites del eterno retorno para asentarse en los espacios de un perpétuo déjà vu. Todo parece ya haber sido vivido antes, y mientras Ángela Merkel nos anuncia que 2012 volverá a ser un año peor que el anterior, los tambores de guerra regresan al Golfo junto a la última versión mediática de las armas de destrucción masiva, aunque esta vez los redobles se sitúen en la otra ribera del río Shatt al-Arab, en tierra persa.

Las alarmas se han disparado en esta ocasión por los supuestos planes de Mahmud Ahmadineyad para dotar al país de armas nucleares. Esa es al menos la difusa “impresión” que tienen los expertos de la Organización Internacional de la Energía Atómica. Y aunque las “impresiones”, e incluso las “evidencias”, ya resultaron un calamitoso y sangriento fiasco en Iraq, esto no ha impedido a Israel, la única potencia nuclear en la región, poner el grito en el cielo -como viene haciendo desde el Antiguo Testamento- y anunciar su intención de emprender acciones militares contra los barbaros.

Y como no podía ser de otra forma, sobre todo en época de crisis, cuando siempre viene bien recordar a la patria, los Estados Unidos del cada vez más descafeinado Barak Obama no se han quedado atrás. Así pues, tras ampliar las sanciones contra Irán, la V Flota se ha encargado de advertir al descamisado Ahmadineyad de que no está dispuesta a consentir sus bravucadas adolescentes en forma de maniobras militares junto al estratégico estrecho de Ormuz.

Una advertencia en nombre del Mundo Libre que la Navy ha lanzado desde su principal base naval en la región, Bahréin, donde estos días seguían muriendo manifestantes en las protestas contra el absolutista monarca Hamed bin Issa al Khalifa. Los muertos ya se cuentan por decenas en este país donde se le niegan los derechos al 70% de los súbditos por el delito cultural de haber nacido chiitas y no sunitas como su rey. Un país de perfiles esquivos, que desapareció de la noche a la mañana de todos los noticiarios sobre la Primavera Árabe un lejano día de marzo cuando su monarca pidió, con las bendiciones de Occidente, la entrada de las democráticas tropas de Arabia Saudí para sofocar a sangre y fuego la revuelta de la Plaza de la Perla.

Tal vez, el ruido de la sala de máquinas de los portaviones y destructores anclados en su base de Manama, haya impedido durante este tiempo a los responsables de la Armada norteamericana oír los gritos de los manifestantes. Un estruendo de motores y válvulas que quizás también acalló sin querer las recientes denuncias de la comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, exigiendo la inmediata puesta en libertad de los detenidos durante las protestas y el fin de las torturas y excesos policiales, admitidos incluso por los informes encargados por el monarca.

Claro que también es verdad que el rey ya ha puesto en marcha un ambicioso plan de reformas para que esos casos no se repitan. Así, su recién nombrado ministro del Interior, Tariq al Hassan, anunciaba estos días la inminente contratación de medio millar de policías más. Pero, sobre todo, el ministro se vanagloriaba de contar con el asesoramiento de un “super cop” como John Timoney, el mismo que dirigió aquella polémica represión de las protestas en Miami contra el Tratado de Libre Comercio que el juez Richard Margolius no dudó en calificar de vergonzasa y delictiva.

En cualquier caso, también cabe la posibilidad que todo sea una cuestión de percepción. Por ejemplo, Bernie Ecclestone no termina de creerse las acusaciones de tortura que caen sobre Bahréin. “Nos han asegurado que esto no está pasando”, declaraba a The Guardian. Así que el amigo del yerno de José María Aznar espera recaudar en abril los ingresos previstos en el Gran Premio de Barheim. Y Ecclestone es un hombre bien informado. Si no que le pregunten por Francisco Camps. En fin, lo dicho, ¡cuanto déjà vu!.

El síndrome de Hamlet

Desde que un lejano 30 de enero de 1649, el tiránico rey de Inglaterra Carlos I observó con impotencia como el verdugo le separaba la cabeza del resto del cuerpo, las monarquías de todos los reinos viven bajo los efectos de una rara enfermedad. La dolencia se acrecentó siglos más tarde cuando Luis XVI y María Antonieta perdieron su barroca compostura al sentir el silbido frío de la guillotina sobre sus cuellos. Fue así como el mal acabó convertido en una pesadilla crónica. Me refiero, claro está, al Síndrome de Hamlet, una extraña afección que, cada vez que se detecta un leve enfriamiento en la veneración de sus vasallos, provoca en los monarcas una irresistible inclinación a emular al Príncipe de Dinamarca y debatirse angustiados entre las dudas del ser o no ser.

Estos días, su sintomatología parece haber desatado todas las alarmas en la Zarzuela, incubada por el supuesto robo a mano desalmada protagonizado en las arcas públicas por el duque del Palma, Don Iñaki Urdangarín. De hecho, pese a los apresurados halagos de María Dolores de Cospedal, Marcelino Iglesias y los principales editorialistas de la Corte, lo cierto es que el reciente discurso de Nochebuena de Su Majestad no parece ser tanto una respuesta al escándalo desatado por su atlético yerno, como las primeras manifestaciones de la dolencia shakespeariana. Al fin y al cabo, su Alteza en ningún momento mostró su malestar ante la corrupción que parece anidar entre sus cercanos, sino que se limitó a manifestar su enorme preocupación ante “la desconfianza que parece estar extendiéndose” hacia la Casa Real, síntoma incuestionable del Síndrome de Hamlet.

En todo caso, parece lógico que las presuntas irregularidades cometidas por el esposo de la Infanta Cristina, no sean la causa de los desvelos del rey, pues, al fin y al cabo, estaba al corriente de ellas al menos desde el año 2007. Sin embargo, a pesar de su inquebrantable convicción en que la justicia es igual para todos, el monarca no comunicó entonces los hechos a la Fiscalía, sino que optó por los discretos servicios del conde de Fontao y marqués de San Saturnino, don José Manuel Romero Moreno, confiado en que su mediación evitara que el escándalo despertara esa “desconfianza” que hoy tanto le preocupa. El monarca, en suma, actuó así no por indiferencia hacia el uso del dinero público, sino presumiblemente arrastrado ya por un insalvable temor por la enfermedad.

Porque aunque hace tiempo que los avances de la ciencia lograron evitar que el desenlace de este mal acabe irremediablemente con la regia cabeza diseccionada en un cadalso, la posibilidad de perder el cetro y la corona continúa siendo una perspectiva insufrible para muchos monarcas. Tanto es así que algunos están dispuestos a cualquier cosa para evitar ese trance. Incluso, si es preciso, a renunciar a la familia. Así ha tenido que hacerlo, a pesar de sus firmes convicciones católicas, la familia real española: enviar a tierras lejanas a su propia hija, sangre de su sangre, renunciar al calor de los nietos en  la Navidad. Lejos, bien lejos, lo más lejos posible para evitar a cualquier precio el temido contagio.

También es cierto que esta cuarentena de la distancia no es nueva para los Borbones españoles. De hecho, parecen estar ya bien acostumbrados a ella desde aquel soleado 14 de abril, cuando Alfonso XIII abandonó velozmente Madrid al volante de su flamante Duesenberg, dejando en la Villa a su esposa y su hijo enfermo. El propio Juan Carlos I conocía bien en carne propia el dolor del distanciamiento familiar, desde mucho antes de que recomendara el ostracismo voluntario a la Infanta y su esposo. Tuvo ocasión de sufrirlo cuando le impuso la renuncia al trono a su propio padre y aceptó recuperar la Corona de la mano de un sanguinario caudillo por la gracia de Dios. Eso sí, nunca lo hizo por ambición, sino por ahuyentar el fantasma del Síndrome de Hamlet. Y siempre, siempre: por España.