América Latina


Hay poetas que encarnan su época. Otros, sin embargo, la desencarnan. No solo con su obra, sino con su existencia. Si los primeros se limitan a vivir su tiempo, como el resto de hombres, mujeres y niños, los segundos lo desollan tan profundamente que acaban por sacar a la superficie su médula, en muchas ocasiones sin ni siquiera pretenderlo. Es más, en la mayoría de los caAntonio Machadosos incluso a su pesar: pocas imágenes han logrado transmitir el desconsuelo de la derrota con la intensidad del rostro cansado y enfermo, rumbo al exilio, de Antonio Machado. Posiblemente, detrás de esta percepción haya mucho de tópico literario, de lirismo biográfico capaz de convertir en metáfora histórica episodios tan dispares como el suicido de Sócrates, la soledad última de Walter Benjamin en la estación de Portbou, o la tristeza terminal de Pablo Neruda en Isla Negra. Y, sin embargo, estas alegóricas vivencias insisten en evocarnos y provocarnos desde su vigencia en la actualidad.

José Adolfo Paredes, un albañil chileno cincuentón, nos ha golpeado estos días la memoria con sus lejanos recuerdos de los 18 años: aquellos jóvenes meses de soldado de reemplazo; la deformada figura que le ordenaron custodiar, de rostro hinchado y manos reventadas. Su relato nos estremece cuando describe la indiferencia con que un subteniente apoya el revolver sobre la sien del prisionero. Un cañón frío, una bala, el giro del tambor hecho destino amañado y la detonación impulsando el proyectil sobre el cráneo. Víctor JaraDespués, el cuerpo mortalmente convulsionado en el suelo, la orden de disparar sobre el bulto tembloroso, el estruendo de su arma junto a la de sus compañeros. Aquel bulto sanguinolento era el cantante chileno Víctor Jara. Cuando unos días más tarde, un 16 de septiembre de 1973, un funcionario del Registro Civil inspeccionó su cuerpo contabilizó 44 impactos de bala. También le llamó la atención que había tierra en las heridas, que sus ojos estaban abiertos y que su mirada era tranquila.

Paredes fue detenido la pasada semana y ahora un juez ha decretado su procesamiento. La noticia ha sido recibida con satisfacción, aunque a nadie se le escapa que no fue más que adolescente carne de cañón, el elemento más insignificante del crimen. Pero su testimonio ha servido para poner identidad al oficial al mando del destacamento: Nelson Edgardo Haase Mazzei. Él habría dirigido el interrogatorio, él habría dado las instrucciones, él habría decidido el asesinato. Él, en suma, sería el misterioso El Príncipe, la siniestra figura de funestos recuerdos para tantos prisioneros del Estadio de Chile.

O tal vez no. De hecho, otros cautivos recuerdan nombres diferentes, en unos tiempos en que el país se llenó de Príncipes. Y la historia de Chile, Argentina, Uruguay y taKen Saro Wiwantas otras geografías del horror nos enseña la babosa habilidad que tienen los asesinos para escurrirse por entre los dedos de la historia y la justicia, como anguilas enfangadas o sanguijuelas. También en Nigeria. Esta pasada semana la compañía Shell –príncipe, también, pero del petróleo- se ha sentado en el banquillo de un tribunal de Nueva York para responder por la muerte de otro poeta y periodista, Ken Saro Wiwa. Durante años, el escritor africano lideró la resistencia de su pueblo, los ogoni, frente al expolio social y ambiental a que era sometido por la multinacional holandesa en el castigado delta del Níger. Cuando miles de brazos, mentes y ojos orgullosos se movilizaron, el gobierno del general Sami Abacha dio las instrucciones oportunas para acabar con la protesta. Tras meses de brutal represión, miles de muertos y un juicio farsa, el 10 de noviembre de 1995 Saro Wiwa fue ahorcado junto con otros siete de sus compañeros del Movimiento por la Supervivencia del Pueblo Ogoni.

Los representantes de Shell, ahora, muestran con el rostro compungido ante el jurado su desolación por las matanzas y enumeran el sinfín de peticiones al dictador Abacha suplicando clemencia. Del mismo modo que también Hasse Mazzei jura a quien le pregunte que nada tuvo que ver con ninguna muerte, que jamás estuvo en el Estadio de Chile, que ni siquiera le gusta el fútbol. Y tal vez serán creídos. Las coartadas de los criminales deben estar impregnadas de cinismo para resultar convincentes.

Federico García LorcaAquí, por ejemplo, en España, la dictadura fue vivida con naturalidad por muchas familias, un periodo de “extraordinaria placidez”. Lo dijo Jaime Mayor Oreja, candidato del PP que el próximo domingo volverá a ser elegido diputado del parlamento europeo en las urnas. Mientras tanto, la calavera de Federico García Lorca besa la tierra en un terraplén de Viznar, junto con el maestro Dióscoro Galindo y el banderillero Francisco Galadi. Porque, tal vez, la fuerza que nos transmiten los poetas radica en que en ese instante de muerte se olvidan de todos sus versos. En ese punto se convierten en anónimos esqueletos, confundidos entre los miles de asesinados en un campo de fútbol hecho presidio, o en las cálidas tierras nigerianas. O en la gran fosa común en que convirtieron España para que muchas familias vivieran sus días con extraordinaria placidez y misa el domingo.

Quien busque a la Santa Muerte, la encontrará seguro entre Pintores y Peluqueros, Mineros y Panaderos. Allí en Tepito, el barrio más chilango de México DF, la Niña Blanca parece aguardarnos en el número 12 de la calle Alfarería con santidad coqueta de primera comunión o novia eterna
El lugar se ha convertido en centro de peregrinación desde que un 7 de septiembre de 2001 Enriqueta Romero sacó la imagen de la Flaquita a la puerta de su casa como agradecimiento por los favores recibidos. Pero el fervor de Doña Queta, como la conocen en el barrio, viene de lejos. De hecho, la encargada de atender y vestir a la Parca para la ocasión es devota desde que hace más de medio siglo sorprendió a su tía Leonor rezando a escondidas a la Definitiva.
Pero, en realidad, el culto a la Santa Muerte se remonta en México al principio de los tiempos. Luego el imaginario indígena se impregnó de las tradiciones medievales de la Danza Macabra que irrumpieron desde Europa y algunos ecos africanos que llegaron del Caribe. Por eso, la veneración a la Muertecita se extiende mucho más allá de las callejuelas atestadas de vendedores ambulantes de Tepito. Está en la tradición de San Pascualito Rey en Chiapas y Guatemala, el protector frente a las enfermedades encarnado -o descarnado, según se mire- en ese San Pascual Bailón hecho esqueleto. O en el San La Muerte que se oculta por los rincones más profundos de Argentina, Brasil o Paraguay.
Ese arraigo explica el afán perseguidor de la Iglesia Católica, tan aplicada en conservar el monopolio de la santificación desde que conoció las bondades del poder terrenal. Para ello, la jerarquía eclesiástica ordenó que se retirarán todas las imágenes de la Esquelética de los templos y capillas mexicanos. El culto pasó así a la clandestinidad y durante décadas sólo asesinos, putas y traficantes osaron exteriorizar su devoción, acostumbrados como estaban a su diálogo cotidiano con la Santa.
Todo ello hasta que doña Queta sacó a la Parca a la calle. Ahora, cada primero de mes, miles de personas se acercan fervorosas a rezarle el rosario. Y a pedir a la Santa: por la salud de un hijo, por la venganza deseada, por el amor inalcanzable, por la miseria que no escapa. Una oración que reúne sin distinción a narcos y beatas, madres solteras y parados, mariachis y vendedores.
Pero este no es el único lugar de devoción. Más de trescientos santuarios improvisados se diseminan por la tierra mexicana. No es extraño, pues, que también en este tiempo haya surgido la pugna por oficializar un culto asentado sobre la espontánea fe popular. En la colonia de Morelos, el arzobispo David Romo intenta reconducir la devoción hacia su Igle­sia Ca­tó­li­ca, Apos­tó­li­ca, Tra­di­cio­nal Méx-USA. En Tultitlan, el estrafalario Jonathan Legaria Vargas, también conocido como el Comandante Pantera o el Padrino Endoque, erigió una estatua de 22 metros a la Niña a principios de año para atraer a los fieles. Allí oficiaba misa los domingos envuelto con collares multicolores, hasta que la madrugada del último jueves de julio, alguien ametralló la camioneta en la que viajaba, dejando en su cuerpo medio centenar de balazos.
En cualquier caso, será difícil encauzar una religiosidad tan alejada de lo espiritual y tan apegada a las entrañas de la tierra. No en vano, hace mucho que el grotesco trazo de José Guadalupe Posada nos mostró lo impregnadas que están las calaveras de la realidad y sus miserias. Y la realidad neoliberal actual, tan atada a la violencia y a la desesperanza, tan brutalmente desarraigada y pobre, se empecina en no dejar otro resquicio para la esperanza de muchos que la fe en la Muerte. Eso sí, con una condición. El sentimiento hacia la Niña Blanca debe ser sincero. Porque como nos aconseja un devoto de Santa Ana Chapitiro: “nunca le prometa algo que no va a cumplir, porque la Santisima se lo cobra a uno muy caro, se venga, es bien cabrona”.

La visión de un puñal sumergiéndose en la primera garganta de la Humanidad causó tal impacto en aquella lejana mirada que, desde entonces, se quedó clavada en la retina del inconsciente colectivo, en ese obsesivo recodo de nuestro genoma donde almacenamos los horrores más intensos. Aquel movimiento brusco alrededor del cuello, el helado filo seccionando la carne, el calor de la sangre surgiendo a borbotones, el mudo grito de la víctima, toda aquella sucesión de imágenes que tantas veces iba repetirse a lo largo de la Historia, sobrecogió de tal manera a su testigo original que aquel pavor nos acompaña desde milenios.
Por ello la mera evocación del cuchillo, el machete o la navaja despierta un pánico profundo y ancestral que nunca lograrán alcanzar una pistola o esas asépticas armas inteligentes. Es un espanto mucho más intenso que el temor a la muerte o a la locura. Es el miedo de nosotros mismos, la conciencia de ese abismo que en cualquier momento puede abrirse a nuestros pies y precipitarnos hacia la grotesca impotencia del degollado o la incisiva determinación del verdugo.

Ningún otro miedo es tan fuerte como el que desata el mortífero tajo del acero. Ninguno, menos el hambre. El espanto de ir consumiéndose por dentro, sentir encogidas las entrañas hasta dejarte sin fuerzas, exhausto, sin aliento; sólo piel no apta para la caricia, sólo despojo en agonía. Porque la famélica angustia tiene algo de muerte incompleta, detenida en ese preciso instante en que exhalamos el último aliento. Y ahí nos deja como en una eterna conciencia del fin, sin saber si estamos vivos o muertos hasta que alguien hecha tierra sobre nuestras caras.

En lo que va de año decenas de sindicalistas han sido degollados y apuñalados en Colombia, mientras en las calles Nuakchott, Dakar o Uagadugú desesperadas sombras humanas se revientan contra el asfalto huyendo del hambre. Jean Ziegler, al dejar su cargo en Naciones Unidas y regresar a su oficina en la desesperanza, nos advirtió que las nuevas plagas no vienen de los dioses, sino que surgen de la prometeica maldición de los biocombustibles, los templos del Fondo Monetario Internacional y los nuevos sacerdotes del capitalismo del siglo XXI.

Mientras tanto en Haití sus agotados ciudadanos han convertido las tortas de barro en todo un manjar. Las chabolas de Cité Soleil están viendo como la confección de estas galletas con margarina, sal y arcilla se convierte en un próspero negocio. Quién sabe si en este mismo instante, en algún selecto consejo de administración donde puede que estén sentados José María Aznar, Eduardo Zaplana o David Taguas, se esté valorando muy seriamente invertir en este sector en expansión. Si bien antes, para dar mayor estabilidad al mercado, tal vez sea aconsejable neutralizar a los sindicatos. Aunque sea a cuchilladas.

Ingrid Betancourt debe morir. Así lo decidió Álvaro Uribe cuando ordenó la masacre de la selva de Sucumbíos. La bomba que destrozó el aliento de Raul Reyes incluía en su onda expansiva la sentencia última para la quebradiza mujer. Los cuerpos desgarrados de los guerrilleros, sorprendidos mientras dormían, tiroteados por la espalda, marcan así otra crónica de una de tantas muertes anunciadas en la cotidiana agonía de Colombia.

Ingrid Betancourt debe morir porque así lo marca el guión. El relato está ya escrito y los grandes editorialistas del Grupo Prisa no tienen previsto otro final. La muerte es una opción dulce. Las palabras que la frágil cautiva envía a su esposo retumban en nuestra cabeza como el seco repicar de campanas llamando a difuntos. Ya sólo falta la catarsis última, la tragedia presentida por los lectores hecha realidad.

La muerte es una opción dulce. Pero para Uribe la muerte es, por encima de los adjetivos, simplemente eso: una opción. Una posibilidad más en el frío cálculo político a la que se puede recurrir impunemente, consciente de pertenecer a ese selecto grupo de los asesinos consentidos cuyo liderazgo se regodea en asumir, en competida pugna con el primer ministro israelí Ehud Olmert.
La muerte, convertida en baza política, lleva así inevitablemente a lo irremediable. Ingrid Betancourt debe morir para echar al traste la más mínima esperanza para el castigado pueblo colombiano. Un objetivo que el presidente perseguirá con el mismo empecinado empeño con que hasta ahora ha intentado hacer fracasar cualquier proceso de liberación.

Uribe considera la muerte un simple as bajo la manga en la partida de las geoestrategias. Y no duda en jugarla fiel a su nuevo papel de mamporrero de Washington encargado gustoso de concebir desestabilizaciones contra una revolución como la venezolana -tan peligrosa por acatar la voz de sus ciudadanos-, o de llenar de escollos las turbulentas aguas por las que intenta navegar con rumbo propio Ecuador.

Por todo ello, Alvaro Uribe ha decidido que Ingrid Betancourt debe morir. Mientras, al otro lado del Atlántico los consejos de administración de algunas corporaciones hacen sus cálculos de beneficios. Y el Gobierno y el Rey de España permanecen mudos, plácidamente, sin necesidad siquiera de que alguien les mande callar.

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Imagen creada por José M. Costa
El conflicto entre las formas y los fondos ha llenado miles de páginas en la voluminosa historia del arte y las ideas. La aparente primacía de los contenidos ha impedido a menudo que la estética, con su distanciamiento, introduzca ese matiz de ponderación capaz de evitar la rigidez discursiva tan común por las geografías del dogmatismo. Por el contrario, el reproche formalista es no pocas veces un recurso hipócrita con el que se intenta esquivar el duro golpe que nos lanzan algunas verdades como puños.
No poca de esa hipocresía parece esconderse detrás de la reacción de José Luis Rodríguez Zapatero y Juan Carlos de Borbón a propósito de las intervenciones de los presidentes Hugo Chávez y Daniel Ortega en la reciente Cumbre Iberoamericana. Al menos llama la atención la vehemente defensa que Zapatero hizo de su antecesor en el cargo José María Aznar por el apelativo de “fascista” lanzado contra él por el líder venezolano. Un adjetivo que, más allá de conceptualizaciones historiográficas, no parece muy descabellado políticamente para alguien que se apresuró a cerrar filas con el golpista Pedro Carmona -como reconoció en su día el propio ministro Miguel Angel Moratinos-, convirtiendo de este modo a España en valedora frente a Europa de lo que era un acto de fuerza en contra de un gobierno democráticamente elegido.

Por eso habría sido de agradecer que Zapatero hubiera manifestado la misma firmeza que mostró defendiendo la supuesta honorabilidad atacada de Aznar, asegurando que aquella sería “la última vez” que un gobierno español injería en asuntos internos de un país soberano. Pero sin embargo no lo hizo, dejando sembrada así la duda sobre si su altercado con Chávez no escondía, a su vez, un oportuno guiño cómplice hacia la oposición venezolana que estos días se moviliza, jaleada por el Grupo Prisa, contra la reforma constitucional en marcha en el país.

En lugar de ello el presidente español prefirió resguardarse en la orden de callar lanzada por el monarca. Con estos dos gestos, la diplomacia española parece asumir en Latinoamérica la validez de aquel viejo refrán que aseguraba que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Un autismo premeditado y remarcado poco después por el propio rey con su decisión de abandonar la sala para no escuchar las críticas del presidente nicaragüense contra las multinacionales españolas, consorcios económicos que, en cualquier caso, esconden más de una vergüenza por las castigadas tierras latinoamericanas.

Lo peor, con todo, no ha sido el incidente en sí, sino la llamada a rebato lanzada por los medios de comunicación españoles frente al supuesto ultraje nacional. Se asume así el rancio patrioterismo como razón de Estado. Nada puede cuestionar la defensa a ultranza de nuestros compatriotas enarbolada por Zapatero o la salvaguarda ciega de nuestras empresas asumida por el rey. Al fin y al cabo, Franklin Delano Roosevelt ya dejó claro el siglo pasado que en las políticas hacía América Latina había que proteger a los nuestros, aunque los nuestros fueran unos hijos de puta.

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